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Un ventilador, tiza y dos aceitunas

Publicado el Miércoles, Junio 29, 2016 por Cosas de Comé

Retrato en vaso de la taberna La Manzanilla de Cádiz

Pepe García Romero junto a su padre en la taberna La Manzanilla. Foto: Cosasdecome

Texto: Pepe Monforte

La diferencia entre el fresquito y el frío es la misma que hay entre la elegancia y la ordinariez, entre el erotismo y la pornografía, entre el guiño y un ojo medio porio, entre el monumento de las Cortes y el de Queco y Queca. En la manzanilla hace fresquito. Nunca hizo falta el aire acondicionado, tan sólo un ventilador en el techo y dos auxiliares colgados de la pared, como los prácticos que ayudan a los grandes barcos cuando entran en el muelle mirando pá las torres de La Catedral…a ver quien iguala esa elegancia de entrada a puerto.

En La manzanilla (taberna de) nada puede molestar al vino que siempre está en reposo, en siesta de media tarde. Pepe García Romero, 46 años, nacido en el hospital de San Juan de Dios de Cádiz, hijo de don Miguel y de doña Elvira, nieto de José García Harana, el primer tabernero de la saga, parece que anda de puntillas por detrás del mostrador…no se me vaya a despestar el amontillado.

En la manzanilla siempre hay mar el calma. El local está casi intacto, como cuando lo cogió el abuelo José allá por el año 42. Don Miguel, su hijo, jamás se vió una chaquetilla blanca en Cádiz tan escamondá como la suya, se ganó las tres letras delante de su nombre porque respetaba a sus clientes tanto como a su manzanilla de Sanlúcar.

Todavía va a diario a la taberna. Se sienta en la primera mesa, junto al mostrador y allí se lee al Diario, pregunta a su hijo por las novedades, saluda respetuoso a la clientela y se va antes de la hora de almorzá. A mi me da la impresión que hasta las botellas de la colección de manzanillas que descansan en dos aparadores del establecimiento, se ponen firmes cuando lo ven pasar, como si pasara revista el Gran Almirante de la Flota de Toneles Sanluqueños.

Pepe, su hijo, mantiene el color del uniforme de la casa, el blanco escamondao, pero la chaquetilla de su padre la ha sustituido por una guayabera que le traen desde Méjico. Por mantener se mantiene hasta la costumbre de las dos aceitunas rellenas de anchoa sin hueso para que el paladar descanse entre buchito y buchito.

Vienen en plato de loza blanca, de los antiguos, de los que parecen como barquillas de La Caleta, las mismas que usaba Salvador el de Bar Bahia para sacar a pasear sus benditas costillitas en adobo.

En La Manzanilla todavía se apuntan a tiza, en el mostrador barnizao, las consumiciones de los clientes. Al fondo, tras el pequeño salón, está la sacristía. Su visita es un premio que concede Pepe a los que se interesan por sus tesoros. Hay penumbra, botellas viejas y un barril que se ilumina y con el que el tabernero muestra el milagro del velo de flor, que es el capítulo uno, versículo 2 de la Biblia del Vino según San Delgado Zuleta.

Pepe mantiene conversación. Le gusta hablar de vinos, de la vida, aunque en la taberna también se puede guardar silencio, como en las iglesias y dedicarse a beber “en oración”, mirando la pared, los carteles de toros antiguos, el reloj de manecillas, el techo de vigas vistas, la colección de botellas, o un teléfono de esos negros de los antiguos que resiste pegado a la pared, con más años que el oloroso de la casa.

Pero el siglo XXI se ha colado por algunas rendijas. Un cartel indica que hay “wifi” para los que quieran comunicar al mundo que están en la manzanilla de Cádiz. Pepe ha incorporado un minúsculo frigorífico para que en verano, el que quiera se tome la de Sanlúcar fresquita y ha abierto página web, donde también tiene colgado otro tesoro, las recetas de su madre con vinos de Jerez.

El tabernero, que se define como un “ortodoxo” del vino, creyente en el antiguo testamento del Jerez, señala que al final de la jornada, cuando he acostado al niño, me concedo un regalo y me siento en el sofá con la compañía de un amontillado…Pepe ha descubierto la verdad.

Horarios, localización, teléfono y más datos de la taberna La Manzanilla, aquí.

 

 

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